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¿Qué herencia nos deja Ulloa? por Irma Correa

Rebeca Solnit habla en su último libro, una autobiografía titulada Recuerdos de mi no existencia, de las tensiones que aparecen al aprender a ser mujer en un mundo que actúa constantemente para borrar a las mujeres. No utiliza el término callarlas ni taparlas. Utiliza conscientemente “borrarlas”. Como si nunca hubieran existido. Relegarlas a la no existencia.


Esta no existencia es la losa sin epitafio que se ha erigido en la mayoría de las sociedades antiguas a lo largo de los siglos, abarcando todas las esferas: social, religiosa, doméstica y familiar.


La Historia siempre ha sido contada por los hombres.

Y ése ha sido nuestro legado.


Emilia Pardo Bazán escribe Los pazos de Ulloa cuarenta años después de que Emily Brönte escribiera sus Cumbres borrascosas. Comparten ambas la visión tétrica y siniestra de un lugar alejado de la urbe en el que imperan unas leyes restrictivas y alienantes que

lleva a actuar, más como salvajes que como hombres, a todos los que viven en él. Sus actos, sus conductas, giran alrededor de una animalidad que muestra una violencia y una agresividad virginal.


Y aquí es donde Nucha, la protagonista de esta historia, recibirá una a una las dentelladas de esas almas hambrientas que luchan por dominar en un territorio que consideran como propio y acotado.

No es Nucha una mujer “de carácter”. De la misma manera que tampoco lo es el sacerdote Julián. Ambos representan el asombro y, en última instancia, la impotencia ante lo salvaje.


Al releer esta fantástica y dura novela de Pardo Bazán, no han dejado de rondarme una cosmogonía de personajes que, de una manera u otra, encuentro ligados a nuestra protagonista: Emma Bovary, Anna Karenina, la Colometa de Merçè Rodoreda. Aunque de formas, texturas y contextos distintos, encuentro que todas llevan desde el principio impregnado en la sangre el destino trágico inevitable.


En esta propuesta de Los pazos de Ulloa quiero contar, junto a José Luis Arellano, la historia de una mujer del siglo XXI sujeta a estas leyes animales y ancestrales, que luchará por desasirse de ellas en un combate moral, psicológico y carnal. Será una historia contemporánea. Tendrá nombres propios. Un pálpito nuevo, un rugido atroz. Porque hoy, como ayer, siguen existiendo estas leyes que tienen la misma raigambre que el tiempo.


Pero estamos ante un cambio de era. Y no sólo porque la epidemia del COVID-19 haya derrumbado todos los pilares de nuestro presente, sino porque verdaderamente estamos asistiendo a unos cambios de paradigmas que vinculan al hombre con la conciencia de su rol ancestral, y muchos de ellos gritan pidiendo, asustados y voraces, un giro histórico en nuestra sociedad.


Porque hay que contar nuevas historias y romper las viejas. Ya viene siendo hora de añadir a la Historia todas las losas de nuestra no existencia.

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